¿Cómo educar a un gato? ¿Se puede?

Empecemos recordando una cuestión muy básica. Los gatos son animales independientes, no necesitan tener un líder al que seguir para sentirse cómodos como ocurre con los perros. Pero ¿eso significa que no se les puede enseñar hábitos o corregir los que no sean buenos? Pues no. Los gatos son muy inteligentes. Simplemente hay que saber cómo educar a los gatos.

Se puede llegar a plantear es si es necesario invertir tiempo en su educación o es mejor dejar que se desarrolle su forma de ser sin interferir. Las dos son opciones válidas, pero debe tener en cuenta que si no se le educa pasarán cosas como que os morderá al jugar o arañará lo que encuentre por delante si necesita limar sus uñas. Así que es vuestra decisión, pero yo lo veo fundamental. No es necesario enseñar al gato a traer las zapatillas cuando llegues a casa, pero sí un mínimo de límites para que la convivencia sea saludable para todos.

¿Cómo se le educa a un gato?

En realidad, es muy sencillo. Todo se resume en dos palabras: REFUERZO POSITIVO.

Analicemos de una forma lógica un momento que todos los que hemos vivido con un gato conocemos de sobra. Es pronunciar la palabra “latita” o que suene un sonido concreto como la puerta de la nevera o el chasquido de abrir una lata y el gato estará ahí mismo como por arte de magia. ¿Por qué? Porque conoce (o más bien, ha aprendido) el sonido y lo que viene a continuación.

Quizá suene como experimento en el que una persona hace sonar una campana justo antes de dar un alimento sabroso para un perro. Tras unos días cuando suena la campana el perro saliva, aunque no haya alimento. Ha asociado el ruido a un estímulo positivo, el alimento que le gusta.

Ahora bien, ya tienes claro cómo funciona. Simplemente debes asociar el hábito que quieres promover con un refuerzo positivo. Si el gato usa el rascador en vez del mueble, si se toma su medicación, si al juntar dos gatos (tras unos días y el correcto proceso de presentación) se mantienen en calma y tras unos días realizando el mismo proceso ya no será necesario darle golosinas para que realice la acción.

Además de enseñarle a realizar ciertas acciones también sirve para corregir hábitos. Por ejemplo, el clásico subirse a la encimera o rascar en el sofá. La corrección requiere también un tiempo, pero es sencillo. Cuando veamos al gato hacer la acción que queremos corregir debemos dirigirla en el sentido correcto y si vemos que lo hace por su cuenta, premiarlo.

Si el gato rasca el sofá en ese momento lo llevamos al rascador (con cariño, sin gritos ni tensiones) y le ayudamos a que rasque el rascador moviéndole las patitas sobre él. Y le premiamos. Si volvemos a verle hacer lo mismo, volvemos a llevarle al rascador. Ni los animales ni las personas aprendemos viendo una única vez algo, debemos repetirlo y practicarlo. En el momento que veamos que usa él sólo el rascador le premiamos (es decir, que, si estamos en el proceso de enseñar algo a nuestro gato y tenemos los premios cerca porque no vale de nada verle y premiarle 10 minutos después).

Lo de utilizar una palabra como “no”, “basta”, “para” o similar (también podría ser “patata”) sólo será útil si se acompaña de la acción que queremos que se produzca a partir de ahora. Los gatos pueden reconocer palabras cortas e instrucciones simples, pero hay que enseñarles qué deben hacer en esos casos. Si un gato está sobre la encimera y no te gustaría que esté allí, “baja” sólo será útil si le enseñaste que cuando se dice esa palabra se le baja de ahí. Siempre habrá que usar la misma palabra. Si unas veces es “baja”, otras “al suelo” y otras “como te acerques a la comida te quedas sin latita” no habrá asociación y el gato seguirá haciendo lo que le apetezca en ese momento.

Importante: lo que asocian es la palabra. No el grito. Los gritos y castigos lo único que hacen es desconcertar a la mascota. Y esto es importante recordarlo en momentos en los que el gato realice acciones como orinar fuera de su arenero o rascar donde no debe. La mayoría de los sucesos que empiezan a ocurrir de pronto, aparentemente sin motivo, suelen ser una llamada de atención del gato a sus humanos. Por ejemplo, puede tener ansiedad por lo que gritarle no sólo no eliminará la causa que ha producido la acción, sino que, además, la agravará.

Como excepción a todo esto que os estoy explicando, sí hay una asociación negativa que se puede utilizar y es tan sencilla como ignorar a nuestro gato. Para él eres su familia, quiere tu atención y tu cariño. Y lo peor que le puede pasar es no tenerlo.

Si ves a tu gato realizar una acción que no quieres que se repita y es difícil presentar una alternativa puedes enseñarle que no te gusta pasando los siguientes 20 minutos sin prestarle atención.

Un ejemplo muy concreto y frecuente: cuando hay un cachorro con mucha energía, que a las dos de la mañana se despierta con maullidos porque quiere jugar, o a las siete de la mañana porque quiere comer. ¿Qué se suele hacer? Levantarse a darle mimos o comida. ¿Qué aprende el gato? Que si maúlla de madrugada consigue un premio.

La alternativa en estos momentos es ignorarle. Si el gato quiere jugar a las dos de la mañana y quieres enseñarle que es hora de dormir lo levantas con cariño y lo llevas a su cama. Las veces que haga falta.

Si maúlla porque quiere mimos la solución rápida es darle cariño. En 2 minutos se habrá callado. Pero le tendrás todas las noches maullando para conseguirlo. Lo que tienes que hacer es justo lo contrario, no dárselos. Incluso sacarle de la habitación, con cariño, pero cerrar la puerta durante unos cuántos minutos. Si se hace con constancia funciona. A lo mejor a la tercera noche o a la décima. Pero funciona. No sólo es importante saber cómo corregir un hábito, sino que es imprescindible comprender qué lo causa.

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